Empiezan las señales de debilidad

PAULINO CÁRDENAS

La semana pasada el presidente Felipe Calderón dio dos señales claras de debilidad en el combate al crimen organizado, dos muy malas noticias para los mexicanos. En una, el mandatario panista dijo que en la lucha contra las mafias “necesitamos una fuerza superior que se les enfrente y hasta el momento sólo contamos con las Fuerzas Armadas”. En la otra, señaló que “en el corto plazo” se incrementará la violencia en el país derivada de esa lucha.

En entrevista con Joaquín López-Dóriga declaró ambas cosas. ¿Qué quiso decir con que se requiere de una fuerza superior para enfrentar al crimen organizado? ¿Será que es de Dios de quien espera ayuda en esa guerra? ¿O más bien lo que quiso decir es que no le quedará más remedio que aceptar la ayuda de Washington para seguir combatiendo a los capos de la droga y de quienes dirigen  las demás actividades delictivas?

Lo que dijo, que se incrementará la violencia en el corto plazo, de violencia es igual de preocupante ¿Qué lectura hay que darle a esta advertencia? ¿Hay resistencia de los mandos militares del Ejército y la Marina de seguir en esa lucha en medio de la evidente falta de coordinación con su homólogo de la SSP federal y ya no quieren seguir arriesgando a sus tropas? ¿O es que ya se acabó el dinero para sostener esa lucha?

Lo que declaró, de que se requiere una ‘fuerza superior’ para combatir a las mafias organizadas, parece ir más del lado de que no le quedará más remedio que aceptar la ayuda del gobierno que encabeza Barack Obama, la cual desde hace meses, según ha trascendido, éste le viene ofreciendo a su homólogo mexicano para que agentes de aquel país participen en coayuvancia con las fuerzas federales armadas mexicanas.

La gota que derramó el vaso fue la masacre de los 72 migrantes centro y sudamericanos hallados la semana pasada en un rancho del municipio de San Fernando en el estado de Tamaulipas. Esto colocó a Calderón en el ojo del huracán y en medio de acervas críticas de la comunidad internacional e incluso de la ONU, exigiéndole cuentas a su gobierno sobre las garantías a los derechos humanos de esos grupos vulnerables que al pasar por México, en su afán de llegar a territorio norteamericano en busca de una mejor vida, quedan a expensas de las mafias.

Ciertamente enfrentar el problema del crimen organizado –que actúa en más de veinte vertientes de la delincuencia como el tráfico de estupefacientes, de armas, de órganos humanos, trata de personas, de infantes, de niñas y jóvenes para la prostitución, entre otras actividades ilícitas–, es como enfrentar a un monstruo de mil cabezas, por lo que antes de declararle la guerra a las mafias, los asesores de Calderón debierón recomendarle hacer consultas, evaluaciones, estimaciones y cálculos de riesgo, pero no.

Hoy, los principales problemas que debieron atacarse en serio y de fondo desde hace tiempo siguen ahí, como el de las colusiones que existen entre los capos de las mafias y las autoridades –de mandos superiores para abajo– los cuales caen en  la tentación del cohecho y el soborno para que trabajen a favor de las mafias, advirténdoles anticipadamente de los operativos militares con gente que tienen inflitradas en las filas de las fuerzas federales, estatales y municipales, aunque también se dan casos de aquellos que se niegan a someterse a los designios de los capos y que suelen acabar siendo víctimas de la violencia criminal.

Las deslealtades y filtraciones a favor de las mafias que se dan en casi todas las corporaciones federales, estatales y municipales del país, a la que no escapan  autoridades corruptas de gobierno, del Ejército, de la Armada, y de la SSP federal, no son nuevas. Y los aparatos de inteligencia o no funcionan o sus mandos no se llevan. Todo esto permite que la corrupción dé lugar a la impunidad y que cualquier esfuerzo que se quiera hacer, como lo ha intentado Calderón, no prospere.

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