El dilema de Calderón con EU

PAULINO CÁRDENAS

Es verdad que Estados Unidos tiene mucha parte de culpa del florecimiento del negocio de las drogas en México cuya expansión, desarrollo y prosperidad comenzó al menos desde la Segunda Guerra Mundial cuando las autoridades estadounidenses animaron a México a la siembra de amapola en Sinaloa –pues sabía que en nuestro país se había cultivado mariguana desde hace siglos–, para abstecer de morfina a sus aliados; al término de la guerra, el abasto se convirtió paulatinamente en un próspero negocio.

Narcos mexicanos aprendieron a procesar la yerba para convertirla en alquitrán oscuro. Hasta los años setenta el cultivo y tráfico no era más que una pequeña industria, hasta que Colombia empezó a ganar mercado al ver que el consumo en la Unión Americana aumentaba. Empezó a tal grado el boom que decidieron contratar a traficantes mexicanos para llevar la droga a Estados Unidos, que desde entonces se había convertido en consumidor número uno.

Escribió alguna vez el jurista Samuel del Villar cuando hizo una breve historia del nacimiento en México del tráfico de drogas, que de las primeras familias dedicadas formalmente al negocio fueron grandes narcos como Ernesto Fonseca Carrillo y Miguel Angel Félix Gallardo, descendientes de familias asentadas en la sierra de Sinaloa, quienes habían formado una suerte de confederación de traficantes mexicanos que nogociaban directamente con los colombianos. Desde entonces empezó el auge.

Hoy, el dilema del presidente Felipe Calderón quien le declaró la guerra a esas mafias desde su llegada al cargo en diciembre de 2006, es que, como lo dijo el jueves pasado al inaugurar el cruce internacional y puerto fronterizo en San Luis Río Colorado:  “Nosotros no queremos que nos sigan enviando a México ilegalmente ni dinero sucio, ni armas, como tampoco los americanos desean que crucen drogas u otros elementos ilegales”.

Este es un dilema que tiene su parte cierta y su parte de quimera. El dinero sucio seguirá entrando a México porque la banca se presta para ello. Las armas seguirán entrando al país porque así lo acuerdan las mafias de aquí y de allá. Los americanos sí quieren la droga y por eso permiten su paso. Y el problema de los ilegales que atraviesan la frontera seguirá, por dos simples razones: porque acá no tienen esperanzas, y porque allá los necesitan.

Calderón señaló también que la mejor forma en que puede avanzar la relación de México con Estados Unidos, es mediante más cruces fronterizos y aumentar el comercio, sin menoscabo de la seguridad que los mexicanos exigimos. Cierto: eso es lo deseable. Pero el comercio y los cruces fronterizos está íntimamente vinculados. Sin embargo, el tránsito de aquí para allá y de allá para acá no ha sido parejo. Allá le ponen mil trabas a los transportes mexicanos para circular y acá entran como Juan por su casa.

Esto él lo sabe; es por las carreteras por donde las cosas no andan nada bien para el transporte de mercancía. Además, el puente fronterizo de San Juan Río Colorado podrá servir también para que por ahí trasladen, de ida droga, y de vuelta armas. El dinero sucio pasa sin tocar aduanas porque va directo a los bancos que se prestan al lavado de dinero sin mayores problemas.

Mientras no se ataque a fondo y de raíz el problema del narcotráfico en México, como la parte financiera para evitar el lavado de dinero, y no haya una estricta vigilancia fronteriza para el paso indiscriminado de armas, nada va a avanzar en el combate al narcotráfico y al crimen organizado.

Porque como ha quedado visto, la droga, las armas y hasta dinero en efectivo en dólares los capos lo realizan no sólo por tierra, sino por mar y por aire o por narcotúneles, como habrían pasado los 205 millones de dólares de Zhenli Ye Gon presunto traficante de anfetaminas, los cuale sfueron hallados en su casa de las Lomas de Chapultepec.

Mientras haya corrupción e impunidad, nada va a pasar, excepto que la cifra de muertos siga acumulándose, la cual por lo pronto ya rebasó los 30 mil decesos a causa de esa narcoguerra. Ese es el dilema. El problema no sólo está en Estados Unidos. También, y mucho, está acá de este lado. Lo demás acaba siendo retórica discursiva para impacto mediático. Palabrería pues.

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