La ‘no guerra’ de Calderón

PAULINO CÁRDENAS

Al presidente Felipe Calderón le preocupa más que se emplee la palabra ‘guerra’ al referirse al combate al crimen organizado, que México, según fuentes internacionales, se esté ‘colombianizando’ con el avance del narcotráfico y que el predominio de los capos a través de sus sicarios siga asolando a más del 70 por ciento de los municipios del país, por lo que ya se habla de que en territorio nacional está avanzando una ‘insurgencia criminal’ que las fuerzas gubernamentales armadas no pueden detener.

Incluso a uno de los asistentes a la reunión de los diálogos por la ‘seguridad’ celebrada el pasado miércoles en el Campo Marte, el mandatario panista le reclamó que él nunca había usado el término ‘guerra’ para referirise al combate a las mafias. Esa afirmación no apegada a la verdad fue sólo para salir del paso al cuestionamiento que le hacía Miguel Treviño Hoyos, director del Consejo Cívico e Institucional de Nuevo León.

Este funcionario le comentó: “Señor Presidente, si ya eligió usted el concepto de guerra para definir lo que estamos viviendo, no puedo imaginar tarea más importante para el comandante supremo que asegurar la unidad de propósitos y la coordinación de todas las instancias públicas que participan en ella.

“Por las condiciones internacionales, el fenómeno que vivimos, el poder del Estado no puede radicar en el acopio de armas y recursos bélicos; nunca como hoy, el poder del Estado tiene que radicar en la evidente superioridad moral de sus medios y fines, y en la posibilidad de organizarse en los tres niveles de gobierno para que cada uno no jale por su lado.”

En respuesta, Calderón sostuvo: “Yo no he usado, y sí le puedo invitar a que, incluso, revise todas mis expresiones públicas y privadas. Usted dice: usted ya eligió el concepto de guerra. No. Yo no lo elegí”. Y agregó: “Yo he usado permanentemente el término ‘lucha’ por la seguridad pública y lo seguiré usando y haciendo, pero independientemente del tema o denominación que se quiera dar, coincido con usted, la legitimidad del gobierno radica en la medida en que actúe conforme a la ley.”

Sin embargo, los periodistas Alonso Urrutia y Gustavo Castillo, ambos del diario La Jornada, se encargaron de escudriñar en sus discursos para ver si en efecto el jefe de Ejecutivo tenía razón de no haber usado la palabra ‘guerra’ en sus intervenciones. ¿Y que cree usted?, pues que Calderón mintió, porque resulta que en más de una ocasión ha mencionado la famosa palabra ‘guerra’, vocablo que tanto le aturde y perturba, de lo cual dieron cuenta en la edición de ayer de ese diario los reporteros.

El problema no es de carácter semántico. Guerra o no guerra, el problema de fondo es que la inseguridad pública que vive México está íntimamente ligado a la ausencia de programas y política públicas eficaces y eficientes a favor del desarrollo social y humano que, junto al rubro económico y la creación de empleos han estado olvidados, en virtud de que la prioridad primera y última de su administración ha sido la guerra contra las mafias.

Una sociedad sin la aplicación del Estado de Derecho, sin  certidumbre jurídica para la inversión, sin un sistema de resolución expedito de conflictos laborales, civiles o judiciales en lugar del uso de la fuerzas y no del diálogo como fue el caso del despido de más de 42 mil trabajadores de Luz y Fuerza, impone severos costos de credibilidad de la ciudadanía para con su gobierno.

No se puede exigir a los mexicanos que se sumen a una guerra que la ciudadanía no pidió y que ni siquiera, antes de ser iniciada por el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, fue consultada con ninguno de los otros dos poderes, Legislativo ni Judicial, ya no se diga con las instancias más representativas del sector social o económico que han pagado también las consecuencias.

El jefe del Ejecutivo actuó de motu proprio empujado por sus asesores y hoy no sabe cómo salir de atolladero. Se anima diciendo que ‘vamos bien’, pero ni él se lo cree cuando asoman las cifras de muertos que ha dejado esa lucha, las cuales resultan, además de apabullantes, muy preocupantes. Su estrategia contra su guerra no es la única opción para combatir a las mafias organizadas. Él lo sabe.

Lo que hay que combatir son las causas que han dado origen a ese flagelo, empezando por la impunidad reinante entre capos y autoridades. Pero su sexenio ya no da para eso. A partir de ahora todo es 2012. Eso también lo sabe. Acaso de algo podría servirle, de cara a la nación, cambiar a sus asesores de guerra que, como diría lastimeramente un amigo que votó por él, “se lo están llevando al baile”.

 

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