Crece injerencia de EU

PAULINO CÁRDENAS

El gobierno norteamericano autorizó que fuerzas de la DEA, la CIA, y militares del Pentágono operen en México –como ha venido sucediendo de manera clandestina desde hace muchas administraciones–, en aras de una desigual cooperación bilateral contra el crimen organizado, al margen de las leyes mexicanas que prohiben que militares y policías extranjeros operen en territorio nacional. Es obvio que de esta operación no sólo tiene conocimiento el presidente Felipe Calderón sino que cuenta con su amplia aprobación y anuencia.

Esa información de que operarán en México militares y agentes gringos la dio a conocer el domingo The New York Times. Escribió la reportera Ginger Thompson que trabajarán en un búnker militar localizado al norte de nuestro país. No importa si lo harán en Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León o Tamaulipas. Lo que importa es saber qué hará el Senado de la República ante esa determinación unilateral del Presidente, realizada nuevamente sin consultarle a nadie; en secreto pues.

Lo que señala el influyente diario neoyorquino significa una flagrante violación a nuestra soberanía. Referir la soberanía no es evocar el nacionalismo de manera simplista o llegar al extremo del chovinismo; tampoco es patrioterismo vil. Se trata de evitar el entreguismo. La soberanía nada tiene que ver con la facultad que se arroga un mandatario para determinar que otra nación venga con sus fuerzas armadas a arreglar nuestras cuitas y nuestras deficiencias e ineficiencias en la lucha contra las mafias.

El mal es de origen, desde que, sin consultarlo con nadie, en diciembre de 2006 el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas sacudió el avispero de los cárteles de las drogas y del crimen organizado sin medir las consecuencias y ahora no sabe qué hacer. Lejos de acabar con las mafias, se han multiplicado. El número que ha cobrado esa aventura, de más de 50 mil víctimas mortales, es de escándalo mundial. Y el tráfico de estupefacientes sigue teniendo como plataforma a México hacia otros países.

La apuesta de haberle declarado la guerra a las mafias no era el juego de niños que le hicieron creer que sería. Hoy Calderón y sus asesores enfrentan su realidad, cuyas consecuencias habrán necesariamente que encarar, y pronto. Por ello, al decir nosotros que debe haber respeto irrestricto a la autonomía como nación, se trata de evocar y hacer valer la importancia del ejercicio de nuestra libertad como país y como Estado.

Confundir que yo Presidente tengo per se la anuencia omnímoda de hacer lo que se me pegue la gana, es un grave error que debe subsanar cuanto antes el Congreso, en especial el Senado de la República, que es a donde debe discutirse este asunto que reveló el Times de Nueva York, de hacer las cosas malas que parecen malas porque se dan en secreto, en la clandestinidad, en aras de salvar el pudor e incluso el pellejo frente a la nación. El mensaje que se está dando es: No podemos solos, vengan a ayudarnos, no importa que se viole nuestra soberanía.

Parece evidente que el Comandante Supremo de la Fuerzas Armadas se ha dado por vencido o casi, y prefiere ver si en el poco tiempo sexenal que le queda, los que saben de esos menesteres contra la criminalidad organizada que son los gringos, vienen y le arreglan el entuerto. Que vengan a salvar a la patria mexicana los Rambos, los Terminator o ahora que vuelve a estar de moda, hasta el Capitán América. Es la ‘percepción’.

La suerte de México no puede depender de las decisiones unilaterales de un Presidente. Barack Obama no decidió solo el asunto de elevar el techo de la deduda norteamericana. Fueron los congresistas republicanos y demócratas los que lo resolvieron, mal, pero lo hicieron los legisladores, no el mandatario por sus pistolas.

Las facultades del jefe del Ejecutivo mexicano, aunque muy amplias, tienen límites. Y los límites los debe marcar, ante todo, la prudencia, el juicio, la serenidad y la responsabilidad ante la nación, no la prisa para querer enmendar lo irremediable a última hora a como dé lugar. ¿No bastó con haberle declarado en 2006 la guerra a un monstruo de mil cabezas de forma unilateral y sin pensar en las consecuencias?

¿Quién o quiénes rendirán cuentas al final de esa aventura sexenal? ¿De qué se trata todo esto? ¿Qué país hereradará Calderón a su sucesor?, son las preguntas que van y vienen por todo el país. Por lo pronto el vocero de la narcoguerra Alejandro Poiré salió con otra de las suyas. Señaló que ‘por razones de seguridad nacional’ el gobierno no emitiría su  opinión sobre los datos dados a conocer por el influyente diario que se edita en la Gran Manzana. ¡Vaya cachaza!

Es de esperarse que el Congreso mexicano reaccione cuanto antes y haga lo que tiene que hacer, antes de que el Presidente panista en una de esas acabe entregándole las llaves del país al Tío Sam en un próximo viaje a Washington.

pcardenascruz@yahoo.com.mx


Anuncios

Los comentarios están cerrados.