La obsesión presidencial

PAULINO CÁRDENAS 

Cada vez son más obvias las intenciones del Presidente de estar dispuesto a todo –a casi todo diríase mejor para evitar suspicacias– para no permitir por un lado que Andrés Manuel López Obrador recobre nuevamente fuerza electoral, no obstante que para Felipe Calderón, el candidato del PRI –que para muchos no hay duda de que será Enrique Peña Nieto– es el que lo trae enajenado y con la idea fija de evitar que el ex mandatario mexiquense gane en 2012 y saque al PAN de Los Pinos. Más que la eventual llegada del tabasqueño al poder, el mandatario panista quiere impedir a toda costa que el sistema priísta vuelva a Los Pinos.

Por ello esa ‘campaña sucia’ contra el Revolucionario Institucional al que, una semana sí y la otra también, aprovecha para poner en evidencia ante propios y extraños a ese partido y algunas de sus figuras, lo que denota su evidente desesperación por el amplísimo porcentaje de ventaja que lleva el candidato inevitable del tricolor. De ahí que como parte de esa estrategia de ataques directos e indirectos con cualquier pretexto contra el PRI y todo lo que se le parezca –como el nuevo affaire de sus declaraciones a The New York Times en las que ahora la oficina de la Presidencia aclaró lo que Calderón quiso decir–, se haya vuelto una obsesión enfermiza.

Durante su campaña, igual que su antecesor, había prometido terminar con la creciente polarización entre ricos y pobres si llegaba a la Presidencia. Llegó y en lugar de trazar un plan integral de desarrollo para el país, prefirió irse por la corta y comprar la idea de declararle la guerra a las mafias del crimen organizado y a los cárteles de la droga para tratar de reivindicarse ante el hecho de haber llegado debilitado y con poca credibilida al mando, en lugar de echar a andar aquello que había hecho creer a muchos que haría, si ganaba. Por supuesto el cuento de que sería el ‘Presidente del empleo’ se fue por el caño.

Con un gabinete demasiado limitado como para enfrentar de fondo los problemas que tenía el país y con el ánimo indispuesto para entrarle con vigor y decisión a los retos por venir, comenzó como un Presidente débil como lo dijo el viernes en el Alcázar de Chapultepec el poeta Javier Sicilia. Consciente de que los compromisos que tenía por delante eran demasiado grandes para entrarles de frente y pronto, prefirió dejar que le diseñaran una estrategia de guerra que hizo suya y así caminar por ese sendero a lo largo del sexenio. Lo demás podía esperar. Con discursos demagógicos la iría sorteando.

La otra estrategia que traía bajo la manga, la de echarle todas las culpas de todo al pasado priísta, era casi obvia. No obstante que la principio se dejó querer por el PRI, cuya dirigencia incluso le ayudó a que asistiera a San Lázaro a realizar el rito del juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución “y si no que la nación me lo demande” –juramento incumplido porque la nación le ha demandado muchas cosas y  nada ha pasado–, ahora ve en el Revolucionario Institucional a su peor enemigo, al que cinco años después trata a toda costa de hacerlo quedar mal de cara a la nación, para que en las elecciones del 2012 la gente no vote por ese partido ni por su candidato.

Cuestionado hasta la fecha por el impacto del escrutinio de los votos en el 2006 en el que su más poderoso rival en los comicios para suceder a Vicente Fox, el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador y sus seguidores han insistido que aquellas elecciones le fueron robadas al candidato de la coalición Por el bien de Todos integrada por el PRD, el PT y Convergencia –la diferencia en los votos había sido mínima: 0.56 por ciento–,  la constancia de mayoría finalmente se la dieron a Calderón, pese a que los partidos que apoyaron al tabasqueño impugnaron la decisión ante las autoridades electorales.

López Obrador dijo entonces que el fallo del tribunal “es para millones de mexicanos ofensivo e inaceptable” y que el mismo “representa no sólo una vergüenza en la historia de nuestro país, sino una violación al orden constitucional y un verdadero golpe de Estado”. Pero nada cambió la decisión. A partir de entonces y después de asumir el cargo el 1 de diciembre de 2006, el michoacano ha venido cargando con esa pesada cruz. Ese estigma lo ha perseguido a los largo de su administración.

Pero el otro personaje que al mandatario panista se le ha metido a la cabeza que no pase y que no quiere que llegue a ocupar la silla de mando en Los Pinos, es el ex gobernador del estado de México. ¿De qué manera seguirá Calderón abasteciendo su estrategia para evitar que el PRI llegue al mando federal? Ya se verá.

pcardenascruz@yahoo.com.mx


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