Alcoholímetro, ¿la solución?

PAULINO CÁRDENAS

Después del desaguisado del martes en San Lázaro quizá la solución sería utilizar el alcoholímetro. La ingesta de alcohol es sin duda la adicción más grave que hay en México. El alcoholismo es un peligro para la sociedad, acaso equiparable a los estragos que ha dejado a su paso la narcoguerra en el país. Su uso y abuso está causando en el país un problema cada vez más creciente, no sólo en cuanto a accidentes automovilísticos que provocan a diario decenas de muertos y heridos a causa de que hay irresponsables que combinan la bebida con el volante, sino porque ese vicio provoca también suicidios y homicidios.

Ese problema hizo mella en el Congreso de la Unión en la Cámara de Diputados cuando en plena sesión –cuando se debatía la reforma política que se había aprobado en lo general y que bancadas del PRD, PAN y PT calificaron de “mocha y mutilada”, al considerar que no concede más atribuciones a los ciudadanos, sino que fortalece el poder presidencial, y que su redacción estuvo condicionada a la voluntad de Enrique Peña Nieto–, hubo un exabrupto al que le siguieron otros.

Cuando se discutía acaloradamente la revocación de mandato que al final echaron para atrás los del PRI y Partido Verde, de entre los que sí querían que se aprobara alguno alzó la voz para acusar que las votaciones se hacían en estado etílico por parte de algunos diputados sentados en las curules de la parte de atrás del recinto. La diputada Enoé Uranga, del PRD y Porfirio Muñoz Ledo del PT lo mismo que su compañero de bancada Jaime Cárdenas, pidieron investigar el “ambiente etílico” que según ellos se respiraba en el pleno, en tanto el panista Óscar Saúl Castillo afirmaba que las bebidas corrían “en la bancada de Peña Nieto”.

En respuesta el ganadero de la bancada priísta Julián Nazar se puso de pie y desde su curul gritó:  “Si le hiciéramos un examen de sangre a Porfirio (Muñoz Ledo), 90 por ciento sería alcohol y 10 por ciento botana”. Por supuesto que se armó la tremolina, lo que obligó al presidente de la Cámara de Diputados, el priísta Emilio Chuayffet Chemor, a suspender la sesión para reanudarla ayer a las once de la mañana. Pero Muñoz Ledo pidió la palabra para criticar al presidente de la Cámara de Diputados:

“En todos los parlamentos, cuando un presidente de asamblea ve que se le está faltando al respeto a cualquier legislador, debe parar y borrarlo del diario de los debates. Pero nos ocurrió también en la comparecencia de (Javier, secretario del Trabajo) Lozano, que empezó a injuriar a los legisladores”. Pero Chuayffet no hizo caso y levantó la sesión. El propio priísta Nazar ofreció disculpas al petista por ponerlo de ejemplo y pidió a la presidencia que se borrara ese episodio del Diario de los Debates.

Hace unos días se había dado el caso del diputado de Nueva Alianza, Jorge Kahwagi Macari, quien reapareció en la sesión de las Comisiones Unidas de Gobernación y Puntos Constitucionales, para apoyar una votación a favor  del PRI sobre la reforma política. Se le vio con el rostro descompuesto, hinchado, en aparente estado etílico o drogado, con la camisa de fuera; como si viniera de una parranda, su intervención fue incoherente y motivó también muchos comentarios negativos en contra del Legislativo.

Según estadísticas sobre el alcoholímetro que fue puesto en marcha en varios entidades del país desde hace varios años, la mayoría de los conductores que son sometidos a esa prueba arrojan un resultado positivo. Quizá una buena medida sería que el Congreso de la Unión instale esa prueba antes de que comiencen las sesiones o al menos cuando los diputados regresen de comer –y también senadores no crea usted– para saber del porcentaje permisible para el manejo, pero para el manejo de los asuntos legislativos.

El estado etílico, dice los especialistas, se puede conocer también por métodos tradicionales como la dilatación de las pupilas, la prueba de nariz-dedo, (que consiste en pedirle a la persona que se toque la nariz con el dedo, tanto con ojos cerrados, como abiertos) o la prueba de Romberg (que mide la alteración a nivel nervioso a través del balanceo de la persona, con ojos cerrados y abiertos) y signos vitales. La ventaja es que ningún lesgilador irían a parar al Torito porque gozan de fuero. Y para cerra la pinza también debería haber una prueba antidoping.

El asunto por supuesto habría que legislarse. ¡Ahí está el detalle! diría Cantinflas. Por lo pronto es un hecho que el consumo de bebidas embriagantes en México no va a cancelarse en ninguno de nuestro estratos sociales ni políticos, a pesar de los graves estragos que causa. El tema no es cosa menor. Pero acaso el alcoholímetro o la prueba antodoping serían soluciones relativas ya que los desencuentros, con o sin ambiente etílico, seguirán en el Legislativo.

pcardenascruz@yahoo.com.mx

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