Réquiem por los muertos

PAULINO CÁRDENAS

Convidados por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que encabeza Javier Sicilia, miles de mexicanos se sumaron en todo el país a pedir por la paz de las almas de los muertos, la gran mayoría sin nombre y casi todos sin recibir, como dicen los clásicos, cristiana sepultura, tirados en un desconocido camposanto o lanzados por ahí en fosas clandestinas, que suman alrededor de 60 mil, caídos a lo largo de cinco años de guerra decretada por el gobierno de Felipe Calderón contra los capos de la droga y las mafias del crimen organizado, cuyos resultados han sido pírricos.

Asímismo, la gente más afectada –la que ha sufrido la pérdida de un hijo involucrado en esa guerra o la que vio morir a un familiar por el fuego cruzado o aquellos que fueron ‘levantados’ por militares, marinos o policías federales en lo que se conoce como desapariciones forzadas y que nadie sabe en dónde están o las familias desplazadas por voluntad propia que tuvieron que huir de su lugar de origen por temor a morir víctimas de los encuentros armados–, habrían elevado oraciones por los suyos.

Para la mayoría de los mexicanos las decisiones del Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas más que inteligentes han sido viscerales respecto de esa lucha armada, cuya estrategia no ha querido ser modificada ni un ápice y ni siquiera matizada o complementada con otras alternativas que lleven a la disuasión de las actividades de los delincuentes organizados. Quizá Juan Camilo Mouriño sí lo hubiera logrado, según lo señala en su libro Anabel Hernández ‘Los Señores del Narco’. Pero hace casi tres años murió en el intento.

El pragmatismo salvaje del Presidente y sus asesores bélicos no les ha permitido comprender el dolor que la muertes de tantos mexicanos ha provacado en miles de familias que hubieran querido un mejor destino para sus hijos y hermanos muertos en ese absurdo baño de sangre, oportunidad que al menos en los diez últimos dos sexenios les ha sido negada, igual que a millones de jóvenes de los llamados ‘ninis’, precisamente por la incapacidad de sus gobernantes panistas.

Se dirá que si los anteriores gobiernos están libres de culpa de que haya proliferado el avance de las mafias en México, pero en más de setenta años de priísmo no se acumularon más de 55 mil muertos como los que lleva este sexenio en menos de cinco años, más los que todavía faltan de aquí a finales del 2012. Si Mario Vargas Llosa calificó la jettatura del PRI como la ‘dictadura perfecta’, ¿a los dos sexenios panistas habría de llamarles la ‘dictadura imperfecta’?

Cualquiera que pregunte, como lo ha hecho Javier Sicilia, ¿en dónde han quedado tantos muertos sin nombre que han sido víctimas de esa guerra?, no obtendrá del gobierno federal respuestas tangibles; hay rollos y evasivas, pero nadie atina a responder con la verdad porque más bien la desconoce; ni los voceros ni su jefe se animan a abordar el cómo evitar que siga habiendo más víctimas mortales por esa guerra. Para ellos es consecuencia lógica.

El jefe del Ejecutivo parece que no se ha percatado de que ha estado jugando un juego altamente peligroso. Si se concreta la acusación en su contra por crímenes de lesa humanidad y violaciones a los derechos humanos que haría un puñado de académicos, intelectuales y periodistas que representarían a millones de mexicanos indignados, llegado el tiempo tendrá que responder a lo que la Corte Internacional de La Haya le cuestione sobre esa guerra y sobre tantísmos muertos que ha cobrado esa lucha sin que haya resultados positivos.

Calderón mismo y sus voceros afirman que si no se hubiera echado mano del Ejército, las mafias se habrían apoderado de muchas plazas en el país. Pero ni con el Ejército ni con la Marina ni con la Policía Federal juntos -que suman miles y miles de efectivos en los frentes de guerra-, el gobierno panista ha podido someter en casi cinco años de intentos a los capos y sus sicarios, aunque la propaganda oficial día y noche diga otra cosa. El hecho es que  tantos muertos son un exceso. Y está siendo un escándalo mundial.

Por lo pronto, en estos días que en México los tradicionalistas todavía conmemoran a los Santos Difuntos, vaya un réquiem por los muertos de esa guerra, que si bien no fueron ningunos santos, sí fueron mexicanos que quisieron, aunque optando por el camino equivocado, tener un ingreso para darle sustento a su familia, error que los llevó a la muerte y que han quedado por supuesto en el olvido oficial. Por eso la popular frase de “¡estamos hasta la madre!” expresada por Javier Sicilia a la muerte de su hijo por manos criminales, ha cobrado grandilocuencia en el país.

pcardenascruz@yahoo.com.mx


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