Politizarán viaje del Papa

PAULINO CÁRDENAS

El pasado lunes 12 de diciembre el Papa Benedicto XVI confirmó su viaje a México durante la misa dedicada a la virgen de Guadalupe celebrada en la Basílica de San Pedro, en Roma. “Sostenido por el auxilio de la providencia divina tengo la intención de emprender un viaje apostólico, antes de la santa Pascua, a México y Cuba, para proclamar allí la palabra de Cristo y afianzar la convicción de que este es un tiempo precioso para evangelizar con una fe recia, una esperanza viva y una caridad ardiente”, señaló el Sumo Pontífice quien vendría en vísperas del inicio de las campañas políticas.

Según fuentes vaticanas, se estima que ese viaje podría realizarse del 23 al 26 de marzo próximo, aunque la Santa Sede no ha confirmado oficialmente la fecha. Después partiría a Cuba en donde estaría los días 27 y 28. Felipe Calderón había invitado a Benedicto XVI a realizar una visita a nuestro país, desde que asistió al Vaticano con motivo de la beatificación del Papa Juan Pablo Segundo en mayo pasado. Aquel viaje le fue criticado al Presidente por haber transgredido los principios del Estado laico. La presencia del Papa en México lleva la clara intención de ser politizado por el panismo, a ver si Su Santidad le hace el milagro a Acción Nacional de repetir por tercera vez en la Presidencia de la República.

Para empezar a mostrarse públicamente como católico –que algunos dudan que lo sea según se ha publicado–, Felipe Calderón, haciendo caso omiso de la distancia que debería guardar como mandatario de un Estado laico como constitucionalmente lo es México, asisitió con su familia el domingo 19 de este mes a la Basílica de Guadalupe a la misa oficiada por el cardenal Norberto Rivera Carrera con la que dio inicio la Jornada Nacional de Oración por la Paz. Ahí, la familia Calderón-Zavala oró por los pobres y pidió a Dios “tocar el corazón de los violentos”. Esto sucedió por primera vez desde que inició el mandato del panista.

El Papa sabe que su viaje a México –igual que el que realizará a Cuba– será más político que apostólico. Atrás de la fe y la doctrina religiosa sabe, al menos en el caso de su anfitrión mexicano, que éste tiene el firme interés de que quien resulte el candidato del blanquiazul, reciba la bendición papal junto con la comunidad panista en pleno, encabezada por el mismísimo Presidente de la República recibiendo la comunión de manos de Benedicto XVI, con lo cual el michoacano confía que eso podría incidir favorablemente en el ánimo de los votantes católicos para que el PAN pudiera ganar el mando federal por tercera vez.

Se supone que lo mismo harían los candidatos del PRI y del PRD, ya que están conscientes de que el 40 por ciento de la población con derecho al voto es católica. Tanto a Enrique Peña Nieto como a Andrés Manuel López Obrador seguramente la gente los verá en primerísima fila en espera de la bendición papal y tomando la comunión para salir en las las noticias y en las fotos, y que la gente diga, míralos, también son creyentes, y que sus campañas vayan acompañadas de las bendiciones apostólicas y romanas del máximo representante de Dios en la tierra, no vaya a ser el Diablo el uno de julio.

Por lo pronto, los organizadores estiman que el Papa pudiera visitar la ciudad de León en el estado de Guanajuato, entidad gobernada por el PAN que tiene fama de una acendrada raigambre cristera. Se dice que –so pretexto de cuidar la salud del Papa– no estaría en la ciudad de México por la altitud que tiene la capital del país. Pero en realidad es porque el anfitrión sería circunstancialmente el jefe de gobierno capitalino, que pertenece al PRD. Se trata, según la negociación que se habría acordado con Benedicto XVI por parte del gobierno federal, que venga a un estado de inequívoca vocación católica además de ser gobernada por el PAN, y no a otra entidad en donde gobierne el PRI ni el partido del sol azteca como es el DF.

Todo parece indicar que el factor político ha sido tomado más en cuenta por El Vaticano con respecto de la visita papal, que la misma situación de peligrosidad que representa en casi todos los estados de la República –incluido Guanajuato– la guerra que sostiene el gobierno panista contra los capos dela droga y del crimen organizado, la cual ha dejado en el país a lo largo de cinco años una impresionante estela de muerte, de desplazados, toturados, secuestrados y enterrados en fosas clandestinas, algunos de ellos vivos, espiral que continúa en varias entidades del país, asunto que no pareciera importarle tanto a quienes deben velar por la seguridad del Papa.

Nadie sabe si de aquí a que venga a México Benedicto XVI las condiciones de seguridad estén dadas y las fuerzas gubernamentales armadas pudieran estar en condiciones de controlar la situación de inseguridad, en virtud de que los capos mexicanos –según lo ha venido advirtiendo Washington al gobierno mexicano a través del Departamento de Estado norteamericano y del Departamento de Seguridad Interior del vecino país del norte–, pudieran para entonces haber acordado alianzas con células extremistas islámicas.

Tal parece que en tiempos electorales se vale hasta olvidar toda la sangre derramada en México por lograr la difícil separación Iglesia-Estado en el siglo XIX, después que desde el siglo XV fue acordado por el Papa Borgia y el rey Fernando, introducir en América y concretamente en México lo que hoy se conoce como catolicismo religioso, que tenía como finalidad desaparecer todo vestigio de creencias de los antiguos mexicanos, intervenir de facto en asuntos de gobierno, controlar las haciendas públicas, apoderarse de los bienes terrenales e implantando la Santa Inquisición de tormento y muerte para quienes se opusieran, la cual se alzó como instrumento de poder real con la que se escribió toda una época de horror contra los no-creyentes o herejes del país.

En medio de todo ese penoso y cruento bagaje histórico, y los contrahechos que hoy son signo de los tiempos en México con una Iglesia que pretende recuperar lo perdido a lo que, por intereses de ambición política, estarían dispuestos a prestarse los gobiernos mexicanos en turno, es que vendría Benedicto XVI a nuestro país. Un Papa que ni con mucho goza de la simpatía y cariño que los mexicanos le profesaron siempre a Karol Wojtyla, el Papa Juan Pablo Segundo, incluso más allá de su muerte.

pcardenascruz@yahoo.com.mx


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