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Entre el Vaticano y el amor

PAULINO CÁRDENAS

El presidente Felipe Calderón, contraponiéndose al mandato constitucional, irá a Roma a la ceremonia de santificación del Papa Juan Pablo Segundo, en tanto el ex candidato presidencial y su rival sexenal, Andrés Manuel López Obrador, su fama de aguerrido la ha cambiado de un tiempo para acá evocando en sus discursos al amor, como principio fundamental para alcanzar la paz y el progreso del país. Dos modos que hacen gran diferencia pero que al final parecieran coincidir en un denominador común: el cristianismo.

Quizá en ambos ese ánimo esté motivado por ser Semana Santa o porque sean cristianos ambos. Aunque en el caso del mandatario ese viaje al Vaticano le acarreará muchas críticas y reproches por transgredir los principios del Estado laico, el tabasqueño, quien hace poco dijo que no era ningún Mesías, de pronto ha empezado a hablar en sus discursos como si lo fuera, olvidando aquellos tiempos en los que incitaba a sus seguidores con coraje, vehemencia y retador al gobierno en turno, a la paralización de la industria petrolera en Tabasco.

Eso es parte de nuestra folklórica política y el modo de manejarla y hasta de torcerla. Lo hacen en aras de querer quedar bien son sus respectivas clientelas, por lo que no habría por qué escandalizarse más de la cuenta, y menos en días de guardar como dirían los creyentes católicos. Más bien los de pensamiento liberal son los que arremeterán duro contra uno y con jiribilla contra el otro; a Calderón por pasarse por alto lo que señala la Constitución en su artículo 130, y a AMLO por evocar el amor como el principio de todo, acaso para que no vuelvan a endilgarle el San Benito de que es un peligro para México.

A ambos les estará valiendo lo que la gente piense de si está mal o bien lo que hacen y dicen. Con su nuevo y amoroso discurso Andrés Manuel revela la sed del devenir, en tanto el mandatario panista, con ese cuestionado viaje a Roma, manifiesta la sed del no-devenir. Acaso habrán leído al beato Tomás de Kempis en su ‘Imitación de Cristo’ y lo esté interpretando cada cual a su modo y adecuándolo como mejor les conviene a su quehacer público para que todo México se entere. Nadie lo sabe.

Aparte de lo que señala el texto constitucional sobre el Estado laico y lo que ‘no’ debe hacer un representante del Estado encarnado temporalemnte en la máxima autoridad de cualquier orden de gobierno –federal, estatal o municipal–, muchas de las críticas que le harán a Calderón será porque irá a participar en un acto solemne de beatificación de un personaje que en vida guardó silencio en torno a la diabólica figura del padre Marcel Maciel, acusado de pederastia, es decir de abuso sexual de menores.

No sólo por guardar distancia entre la Iglesia y el Estado el mandatario panista debería no ir a ese evento, aunque se diga misa. Si eso no fuera bastante y suficiente, debería de no asistir por respeto a quienes fueron víctimas de los bajos instintos de Maciel, sacerdote mexicano ya fallecido, nacido en Cotija, Michoacán, de hecho proscrito al final de su vida por la propia Iglesia, pero a quien acogió Juan Pablo Segundo en el seno papal por muchos años, tratándolo incluso con la deferencia de un ser que hubiese estado tocado por Dios y no por el Diablo como fue su caso.

Lo de Andrés Manuel y su ahora recurrente discurso del amor sobre todas las cosas, pareciera una estrategia mediática y pasajera en busca de congraciarse con el pueblo cristiano que es México y a cuya máxima figura, Jesús de Nazareth, esta semana se le rinde tributo y cuya figura parece haber seducido al tabasqueño, lo que habrá sometido su carácter que parecía indómito en sereno y transformar su apasionada arenga en lenguaje mesiánico.

Hace unos días –hágameustélfavor– López Obrador le aconsejaba a Calderón, palabras más palabras menos, que se serenara y le bajara a su bilirrubina por el enardecimiento que empezaba a manifestar de nueva cuenta en sus discursos, al no soportar las críticas populares a su estrategia fallida en la guerra que emprendió contra el narcotráfico y el crimen organizado –crimen rete-organizado dicen algunos–, desde que asumió el cargo. ¿De cuándo a acá le apuran al tabasqueño las rabietas de quien dice que le arrebató el poder en el 2006?

Como sea, ambos personajes de la vida pública de México andan en una similar frecuencia de vínculo con lo eclesiástico o con lo cristiano por mejor decirlo. En algo tenían que coincidir. Acaso por ser Semana Mayor.

pcardenascruz@yahoo.com.mx


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